martes, 2 de octubre de 2012

Testimonio

Un Testimonio
La toma 

El sabado 01 de julio, en la noche, fui invitada a una toma de yagé, en La Union Nariño. Era la primera vez que tomaba la planta de la que tanto había escuchado hablar. La cita era a las 6:00, en la casa de un amigo de mi hija. Llegué puntual y salimos en el bus que nos condujo a una finca cercanaal pueblo. 40 o 50 personas esperaban al taita

El taita llegó. Todos estábamos reunidos en una Eran las 9:30. La fogata estaba encendida. El taita Alirio, de una comunidad indígena , sacó sus herramientas: a un báculo de poder elaborado con semillas, un ramo de hojas de viento y otras cosas que no pude identificar. 



Sus rasgos aborígenes evocaban la selva; su voz, con el acento que conocemos como pastuso, se escuchó cuando dijo: buenas noches para todos. Respetando la religión de cada uno, le vamos a pedir primero que todo a Diosito que el remedio nos cure de todas las enfermedades que tenemos en el cuerpo y en el alma. 



Rezamos un Padre Nuestro. Era un ritual de la luz y, por eso, cada uno tenía una velita encendida a la cual le haría una petición. El taita Florentino sacó un frasco que contenía un aceite de plantas recolectadas en la selva. Nos dio unas gotas en las palmas de las manos, que después de frotarlas, nos las aplicaríamos en el cuerpo. El olor era dulce. 
Dijo que el que quisiera hacer peticiones en público podría hacerlo con confianza. Algunos las hicieron, con el favor de Jesucristo, el Divino Niño o la Virgen María. El sincretismo del ritual era sorprendente. 



Hay cinco clases de pócimas qué depende de cómo se corta el bejuco o se mezcla con las demás plantas hermanas, se denominan: cielo guasca, loro guasca, curi guasca y culebra guasca. 

El taita emitía sonidos de animales, soplos silvestres que, según supe, eran para llamar a los espíritus del bien. Después de que todos tomamos, el taita, junto a cuatro yacegeros experimentados que lo acompañaban, musitaba canciones de la madre tierra, al agitar su báculo para producir un cascabeleo de semillas, que parecía como un río, no corriendo, si no caminando paso a paso. 



Como a los 20 minutos escuché los primeros que vomitaban. Ya había empezado a sentir escalofríos y, en la finca, no hallaba lugar dónde relajarme. Todo era confuso. Cerraba mis ojos y empezaba a ver lices de colores, figuras cosas muy hermosas. Las plantas hablaban, y yo vomitaba todo el contenido de mi estomago, en un momento senti una presencia muy poderosa y yo sabia que eres el maestro Jesus el que me estaba visitado, me pedia que me arrodillara y me humillara ante su presencia me pedia quedejase mi sobervia, llore mucho y le pedi perdon por todo lo malo que habia hecho en mi vida, luego vi muchas cosas mas muy hermosas.

Cuando al fin logré evacuar el áspero sabor de la bebida desapareció el escalofrío. Fue un vómito agradable. Escuchaba los lamentos de un señor que decía que no lo dejaran morir. Hallé sosiego cuando entré a recostarme en mi sleeping en la habitación que me asignaron, donde había tres personas dormidas. Mis ojos se cerraban automáticamente, pero seguía despierta, viendo la película de mi vida en colores. 



Había pasado lo tenebroso de las serpientes y los tigres. En ocasiones, veía el paraíso más bello y, de repente, un nuevo telón aparecía, oscuro, lúgubre, inexplicable. Todo era tan abstracto que buscarle significado parecía absurdo. Conciente de esa película interna e individual, observaba mi mente: tan inquieta y tan imparable de pensar. Eso podría decirse que fue lo que descubrí: el ruido constante que mantenemos dentro y no nos damos cuenta. 



Los monjes tibetanos dicen que sólo en estados de interiorización o de meditación, es cuando empezamos a escuchar la amalgama de símbolos, mensajes y voces que viven en nuestro pensamiento. Cuando aterrizaba de ese loco viaje se armonizó mi interior de una manera amorosa. Ya no me importaba que hubiera tanto desconocido. Entendía que cada uno estaba en su vuelo y que, aunque algunos no tomaran la chuma (cuando se está bajo el efecto del yagé) de manera espiritual, también estaban en sus búsquedas.



Deduje que la decoración del lugar que, al principio, me había parecido abigarrada y caprichosa, era producto de las pintas de sus moradores. Los indígenas ancianos se quejan porque dicen que ya no hay taitas. Pero creo que algo de su magia quedó y se manifiesta en sus rituales chamanicos. Es natural que también haya charlatanes. En la llamada nueva era cabe un sinfín de personajes que aprovechan la debilidad o la fortaleza de otros, se hacen pasar por curanderos sin saber nada y crean un modo de vida para sobrevivir en la ciudad. 



Lo que es rescatable de todo este proceso es que los indígenas tratan de adaptarse con sus tradiciones para pervivir en el contexto de la globalización y nos recuerdan algo tan sencillo como cuidar la naturaleza y valorar la diversidad cultural de Colombia.

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